lunes, 13 de octubre de 2014

Vals con Bashir (Waltz with Bashir). Ari Folman. 2008.



Danzad, danzad malditos... bailar con el énfasis puesto en la vida, en los círculos que describe el movimiento rutinario de la vida, de los astros, de la naturaleza, pero no olvidéis que la propia música y el fervor propiciado por el éxtasis nacen también de la misma nota humana que imprime el compás que interpretamos. Quizá Nietzsche fuese demasiado humano para poder atisbar en la dulce fiesta dionisiaca o apolínea la verdadera razón del precario ser por el que nos preguntaremos eternamente, quizá al intentar el desesperado baile rozó la locura y la demencia que surgen tras corroborar el amaño del baile, los pasos en falso del compañero de sala y vuelos.

Bailar, como la gran mayoría de actos humanos requieren de movimiento, del accionar músculos y dirigir un plan preconcebido para visibilizar una armonía inventada que como buena idea pretende colocarse en su primacía todo lo delante posible. Bailar para perder el sentido es una buena muestra tanto del pensamiento del filósofo alemán como del llamado posmodernismo cultural donde la propia relación dionisiaca pareciera desvincular cualquier sentido que no sea el de la propia subjetividad.
Y es en esa conciencia donde aparece un nuevo baile, una danza que hay que construir paso a paso, pregunta a pregunta, acto a acto pues la memoria puede ser una terrible enemiga cuando es desactivada por los efectos de un baile tan orgiástico como sangriento.

En ese dar vueltas por lo desconocido, por lo obviado o silenciado Folman nos descubre la desidia que preside el genocidio, la banalización de todo acto sometido al imperio de la protección del ego. La animación, fragmentada, es recurso para mostrar la inacción de unos personajes que enfrentan a la memoria de modo dispar, que pulsan el ritmo vital adaptando ideologías según suceden las acciones que verificarán el sentido de sus vidas hasta que el sueño o la pesadilla hagan aparición para demostrarnos que la verdad y el sentido están más allá del baile donde nos reconfortamos. Ahí entonces aparece la realidad para mostrar que Sabra, Chatila o Damour fueron reales, que todo baile implica, que toda implicación requiere una nueva danza que extorsione el sentido en su pluralidad. Los gritos de los inocentes resoplan en las cabezas de los que quieren oír la música que no marca el dj o la emisora de turno donde solemos estancarnos.





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